Desde su implementación, la Nueva Escuela Mexicana (NEM) se presentó como una transformación profunda del sistema educativo. Documentos, capacitaciones y discursos oficiales hablan de un nuevo enfoque humanista, comunitario e integral.
Sin embargo, en la práctica cotidiana de la escuela surge una duda legítima entre los docentes:
¿la NEM cambió realmente la forma de enseñar o solo modificó el lenguaje con el que se describe la educación?
Este artículo analiza esa pregunta desde el aula, sin descalificaciones, pero también sin idealizar.
Lo que sí cambió con la Nueva Escuela Mexicana
Negar todos los cambios sería impreciso. La NEM sí introdujo transformaciones visibles en la forma de pensar la enseñanza:
- Se incorporó un nuevo lenguaje pedagógico, con conceptos como saberes, procesos, campos formativos y situaciones de aprendizaje.
- La planeación dejó de centrarse únicamente en contenidos para considerar contextos y problemáticas.
- Aumentó el énfasis en la formación integral, la convivencia y el bienestar socioemocional.
Estos cambios, impulsados desde la Secretaría de Educación Pública, modificaron la manera en que muchos docentes reflexionan sobre su práctica, aunque no siempre la manera en que pueden ejercerla.
Lo que no cambió (y ahí está la tensión)
Pese al nuevo discurso, muchas condiciones escolares permanecen prácticamente iguales:
- El tiempo escolar sigue siendo limitado para profundizar en procesos.
- Los grupos numerosos dificultan el acompañamiento individual.
- La carga administrativa continúa absorbiendo tiempo pedagógico.
- La implementación de la NEM ocurre, en muchos casos, sin acompañamiento suficiente.
Esto genera una sensación común entre docentes:
la enseñanza es similar, pero ahora debe justificarse con un lenguaje distinto.
Aquí surge la tensión principal de la NEM: el cambio conceptual avanza más rápido que el cambio estructural.
La Nueva Escuela Mexicana no es solo un cambio de palabras, pero tampoco ha logrado todavía transformar por completo las condiciones reales del aula.
Mientras no se modifiquen tiempos, apoyos y condiciones de trabajo docente, el riesgo es que la reforma se viva más como un ajuste discursivo que como una transformación pedagógica profunda.
La pregunta sigue abierta, y quizá esa sea su mayor virtud:
obligarnos a reflexionar si la escuela que nombramos es también la escuela que vivimos.

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