Cuando un alumno con autismo forma parte de un grupo regular, no solo se activan estrategias pedagógicas distintas. También se activan expectativas, temores y, en muchos casos, tensiones entre la familia y la escuela. Estas tensiones no siempre nacen del conflicto; muchas veces surgen del deseo legítimo de que el niño esté bien atendido. Sin embargo, cuando no se gestionan adecuadamente, pueden deteriorar la relación entre padres y docentes.
Hablar de este tema requiere honestidad. La inclusión no es solo un principio educativo; es una práctica diaria que exige coordinación constante. Y cuando esa coordinación falla, la tensión aparece.
Expectativas diferentes, realidades distintas
Uno de los puntos más delicados es la diferencia de expectativas. Para la familia, el hijo no es un caso pedagógico: es su prioridad absoluta. Cada dificultad escolar se vive con intensidad. Cada observación del docente puede interpretarse como juicio o rechazo.
Para el docente, en cambio, el alumno forma parte de un grupo numeroso con necesidades diversas. El maestro debe equilibrar tiempos, ritmos y dinámicas sin descuidar al resto del grupo. No es desinterés; es contexto.
Cuando estas dos miradas no se reconocen mutuamente, el diálogo se complica. La familia puede sentir que la escuela no hace lo suficiente. La escuela puede percibir que las exigencias superan los recursos disponibles.
El diagnóstico y la comunicación
Otra fuente frecuente de tensión es el diagnóstico. En algunos casos, la escuela detecta señales y sugiere evaluación externa. Para los padres, ese momento puede ser difícil y emocionalmente complejo. No siempre se recibe con apertura inmediata.
En otros casos, el diagnóstico ya existe, pero la comunicación no es fluida. Si la escuela no recibe información clara sobre apoyos, estrategias o recomendaciones profesionales, el trabajo se vuelve más incierto. Y si la familia siente que la escuela no comprende el diagnóstico, puede surgir desconfianza.
La comunicación constante y transparente no elimina las diferencias, pero sí reduce malentendidos.

La percepción de trato desigual
En grupos regulares, es común que algunos padres de otros alumnos cuestionen ajustes o apoyos diferenciados. Esto coloca a la escuela en una posición delicada. Debe garantizar inclusión sin generar percepción de privilegio injustificado.
Al mismo tiempo, la familia del alumno con autismo puede sentir que su hijo no recibe el acompañamiento suficiente. Se crea una tensión doble: hacia adentro del grupo y hacia la relación con los padres directamente involucrados.
La inclusión bien aplicada requiere explicar, contextualizar y sostener decisiones con claridad.
Cuando la tensión se vuelve confrontación
En escenarios más complejos, la tensión puede escalar. Padres que consideran que el docente no está preparado. Docentes que sienten que cualquier observación será interpretada como falta de empatía. Reuniones que se vuelven defensivas en lugar de colaborativas.
Esto no beneficia a nadie, especialmente al alumno.
La escuela no puede sustituir la intervención terapéutica especializada. La familia no puede delegar completamente la formación académica y social en el aula. Cuando ambas partes olvidan estos límites, la confrontación reemplaza al trabajo conjunto.
¿Qué ayuda a reducir la tensión?
No existe fórmula perfecta, pero sí condiciones que facilitan la colaboración:
- Claridad en los acuerdos y expectativas
- Comunicación periódica, no solo cuando hay problema
- Reconocimiento de límites institucionales
- Apertura de la familia a escuchar observaciones
- Disposición de la escuela a ajustar estrategias dentro de sus posibilidades
Cuando ambas partes asumen que el objetivo es común —el bienestar y aprendizaje del alumno— la tensión disminuye.
La inclusión necesita corresponsabilidad
Incluir a un alumno con autismo en una escuela regular no es solo decisión institucional. Es un proceso que implica corresponsabilidad constante. La escuela necesita apoyo externo, capacitación y acompañamiento. La familia necesita confiar, pero también comprender que no todo depende exclusivamente del docente.
Si la inclusión se convierte en campo de disputa, el que más pierde es el alumno. Si se convierte en espacio de colaboración, aunque haya dificultades, el avance es posible.
Las tensiones no significan fracaso. Significan que el proceso es complejo. Lo que sí puede convertirlo en fracaso es negar la complejidad y evitar el diálogo.
La inclusión no es sencilla.
Pero tampoco es imposible cuando escuela y familia entienden que están del mismo lado.

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