Desde el aula, la falta de motivación no siempre se manifiesta como indisciplina. Muchas veces no hay conflicto, ni confrontación, ni problemas graves. Lo que aparece es algo más silencioso: alumnos que llegan, se sientan, cumplen y se van. No interrumpen la clase, no generan escándalo, pero tampoco parecen estar realmente ahí.
Como docentes, aprendemos a reconocer esa ausencia. Se nota en la mirada, en la forma de responder, en el poco peso que tiene para ellos lo que ocurre en el salón. Ir a la escuela deja de ser una experiencia con expectativa y se convierte en una rutina que se atraviesa todos los días, casi por inercia.
La pregunta surge de manera inevitable: ¿por qué tantos adolescentes vienen a la escuela sin ganas? No se trata solo de flojera ni de una falta de disciplina generalizada. En muchos casos, lo que se observa es una pérdida de sentido.
Cuando asistir ya no significa involucrarse
En el aula, la motivación no se mide únicamente por las calificaciones o la participación. Se percibe en algo más básico: la disposición del alumno para estar, para pensar y para involucrarse. Cuando eso se pierde, la escuela empieza a sentirse lejana.
Muchos adolescentes asisten porque es obligatorio, porque sus padres lo exigen o porque “así debe ser”. Pero esas razones externas difícilmente sostienen el interés a largo plazo. La escuela se transforma en un trámite que hay que cumplir para avanzar, no en un espacio que invite a aprender.
Desde la práctica docente, esta desconexión suele aparecer de forma progresiva. Se construye a partir de experiencias escolares que no logran dialogar con la vida del alumno, como por ejemplo:
Contenidos que perciben como ajenos a su realidadEvaluaciones centradas solo en la calificaciónRutinas rígidas donde importa más cumplir que comprenderPoco espacio para la voz, la duda o el errorEl adolescente aprende rápido qué hacer para “pasar”, pero no siempre encuentra razones para comprometerse. Cuando la pregunta “¿para qué me sirve esto?” no tiene respuesta, la motivación se desgasta. No hay rechazo abierto a la escuela, pero tampoco entusiasmo. Lo que queda es una presencia mínima, suficiente para no tener problemas, pero insuficiente para aprender con sentido.
La desmotivación como señal, no como problema individual
Uno de los errores más comunes es leer la desmotivación como una falla del alumno. Se le atribuye falta de esfuerzo, apatía o mala actitud. Sin embargo, desde la mirada docente, la desmotivación suele funcionar más como una señal que como un defecto personal.
El adolescente llega al aula cargando mucho más que su mochila.
Trae consigo:
Expectativas Familiares
Presión por el futuro
Comparaciones constantes
Incertidumbre sobre lo que viene después
Cuando la escuela no logra ofrecer un sentido claro frente a todo eso, el desinterés aparece como una respuesta lógica. No siempre es rebeldía; muchas veces es cansancio.
En estos casos, la respuesta institucional suele ser reforzar el control: más tareas, más exigencia, más presión. Pero imponer la motivación rara vez funciona. Puede generar cumplimiento momentáneo, pero no compromiso real. Desde el aula se nota cuando el alumno sabe exactamente qué hacer para evitar problemas, aunque no encuentre motivos para involucrarse más.
La motivación escolar no se construye con discursos ni amenazas sobre el futuro. Se construye cuando el alumno percibe que lo que ocurre en la escuela tiene relación con su vida y que su presencia importa, incluso dentro de los límites que toda institución necesita.
Recuperar el sentido de estar en la escuela

Ir a la escuela sin ganas no es una excepción, es una experiencia cada vez más común. Desde el aula, resulta evidente que el problema no se resuelve con recetas rápidas ni con nostalgia por modelos educativos del pasado.
No se trata de convertir cada clase en algo espectacular ni de eliminar la exigencia. Se trata de reconocer que aprender implica algo más que cumplir. Implica encontrar sentido en la experiencia cotidiana de estar en la escuela.
Cuando un adolescente pierde las ganas de ir a clases, no está diciendo que no quiera aprender. Está diciendo que no encuentra motivos suficientes para hacerlo en las condiciones que se le ofrecen. Escuchar esa señal no es rendirse como docentes; es asumir que la motivación no se impone, se construye.
Mientras la escuela siga funcionando solo como una obligación que se cumple, seguirá recibiendo alumnos presentes en cuerpo, pero ausentes en sentido.

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